Hay veces que la cabeza te da vueltas con fenomenales
ideas que se hacen claras y precisas justo cuando estás buscando caer rendido
en los brazos de Morfeo. Siempre es en la cama, cuando el ajetreo de la jornada
termina después de haber acabado hasta los cojones de tu jefe, otro día más, y
estás encabronado porque Tulotero te ha vuelto a avisar de que tu boleto vuelve
a no ser premiado en el puñetero Euromillones y la aplicación de tu cuenta
corriente suelta una carcajada cuando te pones a ver las motos que tienes cerca
en Wallapop. Estas cerrando los ojos preparándote para volver a tus pesadillas
cotidianas, en ese momento tu masa encefálica comienza a mostrarte visiones
endorfínicas. En ese momento justo te pueden pasar tres cosas: La primera y
habitual es que esa idea cojonuda se diluya al ceder tu alma durante unas horas
al hijo de Hipnos; La segunda es que no te duermas pero en un microsueño esa
idea, que resultaba fantástica en tu cabeza, simplemente desapareció y ni
siquiera la recuerdas; Y la tercera, es que enciendas la luz y pongas negro sobre
blanco para aprovechar ese momento de lucidez, que sabes tan potente como una
inyección de narcóticos. Pero esto último sólo le pasa a la gente excepcional.
Yo me conformaré con creer que he tenido esas ideas y que el puto destino las
borra de mi mente mediocre. Fernando Batlló, sí era excepcional y debió tener
unos cuantos momentos así y sí se levantaría de la cama y plasmaría en un papel
esas ideas mágicas para que no desaparecieran.